viernes, 19 de septiembre de 2008

El juego del silencio

Salí de casa para mi clase de canto semanal. Atardecer primaveral en que los árboles de tonalidad verde pintan las calles hasta la estación de tren. Me propuse un juego desafiando al destino y me dije: “hasta que no llegue a la clase no voy a decir ni una sola palabra”. Llegué a la estación, saqué el boleto y esperé el tren que estaba demorado una vez más. Luego de más de 10 minutos de demora, mi humor había cambiado. Como tantas otras veces, llegaba tarde a un lugar sin proponérmelo. Apareció el tren violeta, el nuevo. Todo muy lindo, con aire acondicionado, con ventanas que prácticamente no se pueden abrir, con furgones que no se saben muy bien donde están ubicados, y con menos espacio que antes. Igualmente no tuve incomodidad, ya que no había tanta gente como suponía. Al llegar a la cuarta estación se me presentó el primer desafío, la mujer que estaba sentada al lado de donde estaba parado, se levantó. Quería dejarle el lugar a una mujer, pero no podía pronunciar una sola palabra para cederlo. Entonces la miré, y le señalé el asiento con mis ojos. Me agradeció y le sonreí devolviéndole su gesto educado. Subió más gente y me moví. Miraba la hora en mi celular, y estaba con el tiempo muy justo. No se porque, en esos momentos el tren parece andar más despacio. Cuando faltaban tres estaciones para que me bajara, se levantó otra persona, y esta vez me senté. Al lado mío, viajaba una paraguaya, que hablaba por celular. Hablaba es una forma de decir, porque lo único que preguntaba era: “¿qué dijo?, ¿qué dijo?, ¿qué dijo?, ¿qué dijo?...” una tras otra vez. Era una maquina de preguntar “¿Qué dijo?” con acento paraguayo. No aguantaba más. Maldecía el haberme sentado. Llegó un momento en que quería perder mi juego, agarrar el celular y preguntarle a la persona con la que hablaba, que mierda era lo que había dicho nosé quién, y se lo iba a decir a ella, para que lo entendiera. Por suerte ya bajaba, y la mitad del trayecto había logrado no comunicarme oralmente con nadie. Al ponerme contra la puerta, me golpean con una bicicleta. El señor me pide perdón, y casi caigo al decir un “no hay problema”, al mejor estilo Alf. Pero me frené justo y le levanté el pulgar para indicarle que estaba todo bien, aunque no lo estaba; porque en realidad me jodió que me golpeará con una bici que no tenía que estar en ese lugar. En fin, bajé junto con otra gente y empecé a caminar hacia la salida de la estación. Saqué el celular para ver la hora, y fue ahí cuando un señor me dijo: “disculpá flaco, ¿me decís la hora?”
Claaaaarooooooo, no era un “¿Tenés hora?”; era un “¿me decís la hora?”, pregunta que afirma que si tengo. ¡La puta madre!; tenía que hablar si o si.
- “Las seis y veinte”
- Gracias loco
- De nada – contesté desganado - “Andate a cagar, la puta que lo parió”- insulté por lo bajo.
Así fue como perdí el juego.

Inténtenlo a ver si soy yo, o el mundo se complota para que tengamos que hablar con desconocidos auque no queramos hacerlo.

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