En la boca cae la crema, los dientes muerden las cerezas que derraman el jugo por las lenguas envenenadas. Su vestido rojo marca su figura sensual, mientras baila moviendo sus caderas. Sus tacos pisan la alfombra roja y sus manos agarran el telón. Sus ojos delineados me miran. Estoy sentado. Soy su espectador favorito. Lentamente, una de sus manos baja entre el medio de sus pechos; mientras la otra sigue sosteniéndose en el telón. Su pelo lacio cae sobre sus hombros, al compás de las rodillas que se van derritiendo. Se dirige hacia mí gateando. Toma mi copa de vino, y me la separa apoyándola contra la mesita que está al lado de la silla. Se levanta moviéndose como una serpiente. Toma el nudo de mi corbata, y lo desata. Se inclina para acercar su boca a la mía. No me besa. Apoya sus ojos sobre los míos. El mundo se esconde y ella absorbe mi pasado. Muerde mi labio inferior, simulando arrancármelo. Pasa su lengua sobre mi pera y sube hasta mis ojos. Ahora se deja caer sobre mí, apoyando sus pechos en mi cara. Sus manos aprietan la punta del respaldo de la silla, mientras se excita. Siento su perfume suave. Toma impulso y se aleja. Camina por la derecha para ponerse justo detrás de mí. Yo la sigo con la vista. Una vez que está en mi espalda, baja sus brazos hacia mi ombligo. Mientras su lengua recorre mi oreja, comienza a desabrocharme la camisa. Lo hace lento. Botón por botón. Luego, sus uñas arañan mi cuerpo y sus manos se llevan mi camisa hacia los hombros, acariciándomelos. Regresa a mi frente por la izquierda, y se sienta arriba mío, cruzada de piernas. Yo las acaricio despacio. Ella deja que recorra el camino, mientras mis dedos se deslizan sobre sus medias. Pero antes de llegar al cruce, aprieta mi mano, y me la aleja. Con la uña de su dedo índice, comienza a rozar mi cuerpo subiendo hasta que lo lleva a su boca pintada de rojo intenso. Labios carnosos, labios creados para devorar las fantasías más íntimas. Los apoya sobre mi odio y con un susurro me lo dice. Yo le respondo con una sonrisa, mientras ella me concede, acertando que creo que no es capaz. Sus manos bajan desabrochando mi cinturón. Sus manos penetran y me acarician. Su cuello se inclina para verme. Levanta la vista, y me pregunta si me gusta. Yo afirmo con la cabeza. Me suelta, se pone de pie y veo como su cabeza se agacha paulatinamente. Todo se torna blanco. Siento un dolor que arde. Después de ese instante, logro verla en distintas imágenes cuadradas que dan vueltas. Ella tenía mi pecado en su mano, como me lo había advertido.
Lui Soulé
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